América, Argentina

A lo profundo del estero

Verde, todo verde. Agua, mucha agua. Flora y fauna autóctonas. Deslumbrantes paisajes, atardeceres. Mucho, pero mucho aprendizaje.

Mis tres días en Esteros del Iberá, estuvieron cargados de emoción y mucha felicidad. Suelo deslumbrarme con muchas cosas, pero no creí impresionarme tanto con la naturaleza del lugar, la cual yo creía una mezcla del campo de mi abuela donde me crié y de los alrededores de Posadas, de donde proviene gran parte de mi familia. Pero Corrientes, me llevó más allá.

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Llegamos un jueves a la mañana a un paraje llamado Uguay, de unos pocos cientos de habitantes. Nos esperaban en la Posada con un rico desayuno autóctono y rápidamente comenzamos a caminar por la selva paranaense, siempre buscando monos carayás, hasta llegar a un impresionante mirador, el cual escalabas para estar por encima de la copa de los árboles.

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En el muelle nos esperaban con los kayaks listos para comenzar una travesía de larga duración y bastante ardua. No por el tiempo sino por lo difícil que se hace tratar de no enredarse en los esteros sin encallar.

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Con los kayaks llegamos a la laguna Fernández, dimos varias vueltas encontrándonos en el camino con varios yacarés.

Al regreso un almuerzo muy típico de la zona, llamado Mbaipy, nos esperaba. Hecho con harina de maíz, mandioca y pollo. De fondo sonaban unos chamamés. Luego, partimos hacia Rincón del Socorro, una estancia con historia y belleza.

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Caminando llegamos, nuevamente, a la costa del estero, hermoso atardecer lleno de fauna autóctona como carpinchos, zorros y distintos tipos de aves como jacanas, ñandúes y chuñas. Durante el regreso a la hostería, hicimos un safari nocturno.

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Fue una noche muy tranquila, silenciosa. Al despertar, el sonido de las aves y los zorros mañaneros que ya andaban deambulando por ahí.

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Esa mañana nos tocaba volar… sí, volar bien profundo hacia el estero, a una estancia llamada San Alonso, la cual está a 10 minutos en avión o a más 5 horas en auto y navegando. Pudimos ver todo desde arriba, las formaciones que generan los esteros con grandes ojos de agua de lluvia acumulada, entre los grandes “panes” de vegetación.

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Allí no sólo hay una hostería, la laguna, algunos “manchones” de selva paranaense, pecaríes, venados de las pampas, ciervos de los pantanos, osos hormigueros, cientos de aves, monos carayás, yacarés, carpinchos, sino que también, a unos 4km del casco de la estancia, se encuentra un centro de cría de yaguaretés.

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Los felinos más grandes de América, están en peligro de extinción, de hecho, en Iberá, está extinto hace más de medio siglo. Varias son las causas, como las grandes llanuras para agricultura y ganadería que destruyen su hábitat natural o la caza furtiva. Y este gran mamífero es de suma importancia para el equilibrio de especies de la zona y para las poblaciones cercanas, que tanto se identifican. El yaguareté es parte de la cultura de la Mesopotamia. Es por eso, que es tan importante el trabajo que se hace desde este lugar para poder reintroducirlo.

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Aquí conviven 5 ejemplares de parentales, tres hembras, Tania, Tobuna e Isis, y dos machos, Chiqui y Nahuel; algunos de ellos rescatados de zoológicos, otros donados de centros parecidos a este. Sólo uno de ellos nació en libertad pero, al quedar huérfano a los 3 meses debió terminar en un centro en Paraguay.

El fino trabajo que hacen, tiene como fin, poder criar cachorros en estas enormes “jaulas”, hasta que tengan la edad suficiente y el conocimiento para poder cazar y sobrevivir en libertad, sin buscar humanos que los alimenten. Hoy en día hay dos crías de 20 días de edad, hijas de Tania y Chiqui.

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Como este proyecto, hay 6 más en Iberá y muchos otros vendrán. Actualmente, se han introducido o se busca introducir, ejemplares de Tapires, Pecaríes, Guacamayos rojos, Osos Hormigueros, Venados de las Pampas y Lobitos de Río.

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Al otro día, visitamos la Laguna Iberá, tal vez la más famosa de la zona, donde conocimos la Colonia Carlos Pellegrini. Embarcamos en una navegación en busca de más fauna en especial yacarés y aves!

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En la hostería me habían dado una lista reducida de 100 aves que habitan en Iberá, por lo cual iba fotografiándolas y marcando cuales había visto, con ayuda del guía experto, por supuesto.

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Esta fue la última actividad porque luego, por la noche, emprendimos la vuelta. Yo, en particular, llena de felicidad.

Cuando dije que Corrientes, me llevó más allá, me refería a que volví con la certeza de haber conocido uno de los lugares más lindos del país y de haber presenciado el trabajo de un gran equipo que se esfuerza mucho para que en un futuro dispongamos de toda la fauna autóctona extinta, para concientizar sobre la naturaleza, para incluir a las comunidades locales, ayudando en su desarrollo, para que el turismo se convierta en un beneficio para la zona y para que, esperemos que pronto, podamos visitar el nuevo Parque Nacional Iberá.

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Rara vez nos damos cuenta,

que estamos rodeados por lo extraordinario.

Paulo Coelho

 

Hasta la próxima, mi querida Iberá!

 

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